11 septiembre, cambio de época.

Recuerdo perfectamente dónde estaba el 11 de septiembre de 2001.

Como probablemente le ocurre a casi todos los que vivimos aquel día.

Veinticinco años después, cada vez estoy más convencido de que aquel 11 de septiembre no solo cayeron las Torres Gemelas.

Comenzó a caer también un determinado orden mundial.

En la historia hay acontecimientos importantes y acontecimientos que cambian una época.

La Revolución Francesa no fue simplemente una revolución. Cambió nuestra concepción del Estado, del poder y de la ciudadanía. La Revolución Industrial no introdujo únicamente nuevas máquinas. Transformó la economía, el trabajo y la sociedad.

Creo que el 11-S pertenece, salvando todas las distancias, a esa categoría de acontecimientos que marcan un antes y un después.

En 2001, Estados Unidos era la potencia indiscutible de un mundo que acababa de dejar atrás la Guerra Fría.

La Unión Soviética había desaparecido. China todavía no era el competidor económico y tecnológico que es hoy. Europa avanzaba en su proceso de integración. Y Estados Unidos ejercía una hegemonía política, económica y militar difícilmente comparable con la de cualquier otro país.

Entonces llegó el 11-S.

Casi 3.000 personas fueron asesinadas.

Por primera vez en su historia, la OTAN activó el artículo 5 de defensa colectiva.

Después llegaron Afganistán, Irak y la denominada guerra contra el terrorismo.

Pero también algo mucho más profundo.

Cambió nuestra concepción de la seguridad.

Cambió la forma de viajar. Los controles fronterizos y aeroportuarios. La inteligencia. La vigilancia. La cooperación policial. La política exterior estadounidense. Y, en buena medida, la relación entre seguridad y libertad.

Las consecuencias económicas y humanas de las guerras posteriores han sido enormes.

El proyecto Costs of War de Brown University estima que las guerras posteriores al 11-S han supuesto para Estados Unidos compromisos económicos superiores a 8 billones de dólares.

Pero mientras Estados Unidos concentraba durante años una enorme cantidad de recursos políticos, militares y económicos en la guerra contra el terrorismo, el mundo seguía transformándose.

China crecía.

Rusia reconstruía su capacidad de influencia.

India emergía.

Asia ganaba peso económico.

Las cadenas globales de valor modificaban la geografía de la producción mundial.

Y nuevas potencias comenzaban a reclamar su espacio.

Los datos militares permiten visualizar parte de esta transformación.

A comienzos de los años 2000, Estados Unidos concentraba aproximadamente el 43 % del gasto militar mundial.

En 2025 continúa siendo, con enorme diferencia, la primera potencia militar, pero su participación se sitúa alrededor del 33 %.

China representa ya aproximadamente el 12 %.

Y Estados Unidos, China y Rusia concentran conjuntamente alrededor del 51 % del gasto militar mundial.

Hay otro dato especialmente significativo.

En 2025 el gasto militar mundial alcanzó aproximadamente 2,9 billones de dólares, el nivel más alto registrado por SIPRI, después de once años consecutivos de crecimiento.

No parece precisamente la fotografía de un mundo que haya encontrado su equilibrio.

Estados Unidos sigue siendo extraordinariamente poderoso.

Pero creo que lo que ha desaparecido es otra cosa:

la capacidad de una sola potencia para ordenar el sistema internacional como parecía posible después de la caída de la Unión Soviética.

Y quizá ahí esté una de las claves para entender estos primeros 25 años del siglo XXI.

El 11-S pudo marcar el final de una época.

El problema es que todavía no hemos construido la siguiente.

Desde entonces hemos encadenado acontecimientos que solemos analizar de manera independiente:

La crisis financiera de 2008, la pandemia, Ucrania, Oriente Próximo, las tensiones comerciales, las crisis energéticas, las migraciones, la reorganización de las cadenas de suministro, la competencia tecnológica o ahora la inteligencia artificial.

Quizás no sean fenómenos tan independientes.

Quizás sean distintas manifestaciones de un mismo proceso histórico:

Un mundo buscando un nuevo equilibrio económico y político.

La llegada de Donald Trump nuevamente a la presidencia de Estados Unidos introduce además un elemento especialmente interesante.

Su estrategia parece buscar recuperar capacidad de decisión estadounidense mediante aranceles, presión sobre los aliados, soberanía económica, reindustrialización y una concepción mucho más transaccional de las relaciones internacionales.

En cierto sentido, parece un intento de recuperar parte del poder y del orden anterior.

Pero hay un problema.

El mundo de 2026 ya no es el mundo de 2001.

China existe como potencia económica, tecnológica y militar.

India tiene cada vez mayor peso.

Rusia continúa condicionando la seguridad europea.

Europa intenta encontrar su autonomía estratégica.

Las potencias medias tienen mayor capacidad de negociación.

Y las cadenas globales de valor se están reorganizando por razones que ya no son exclusivamente económicas.

Por eso la incertidumbre ha dejado de ser únicamente una percepción.

Se ha convertido en una variable económica.

Afecta a las decisiones de inversión, a la energía, al comercio internacional, a los costes logísticos, a la localización industrial y a las estrategias empresariales.

El propio FMI advertía en 2025 que la economía mundial estaba entrando en una “nueva era”, en la que el sistema económico internacional construido durante décadas estaba siendo replanteado.

Las antiguas reglas están siendo cuestionadas.

Y las nuevas todavía no están claras.

Quizás esa sea precisamente la mejor definición de un cambio de época:

lo viejo ha dejado de funcionar, pero lo nuevo todavía no ha terminado de construirse.

El 11 de septiembre de 2001 vimos caer las Torres Gemelas.

Veinticinco años después, pienso que aquel día también comenzamos a ver cómo se resquebrajaba un determinado orden mundial.

Y quizá buena parte de la incertidumbre que vivimos hoy proceda precisamente de ahí.

Sabemos qué mundo dejamos atrás.

Todavía no sabemos cuál lo sustituirá.

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